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‘Me preguntaron sobre el amor, y les hablé de vino’

Actualizado: 1 ago 2024

Cada botella descorchada, y cada copa consumida, evocan un sinfín de emociones y

recuerdos.



Quién me conoce sabe que me gusta más tomar un buen vino que a un tonto un lápiz. Pero maticemos. No es beber por beber, y es justo de lo que os voy a hablar hoy. Es el compartir, lo que me trae, dónde me lleva, lo que me despierta.


¿Pero a ver Judit que tendrán que ver las emociones o la psicología con el vino? Pues mira, más de lo que te podrías imaginar. Y no por esa sensación de felicidad que te deja el vino después de 3 copas (o pasado cuál sea tu límite).


A través de nuestros sentidos, es como percibimos las emociones. De ahí, que exista una estrecha relación entre ambos mundos.

Si nos ponemos un poco teoricos (solamente un poco).

Las emociones son la manifestación física de nuestros pensamientos.

Pensamos, rememoramos, recordamos o anticipamos algo e inmediatamente, incluso mucho antes que la propia consciencia, experimentamos una determinada emoción.

Y volviendo al vino, esto puede estar relacionado con el momento previo de abrir la botella, en la elección del vino según el plan; ya sea una cena de seducción, o romántica, con tu amiga íntima, familiar, de la celebración de antes del éxito, de la celebración del éxito, momento de soledad y de bajón etc. Cuando lo sirves y hueles el vino. Y al brindar y degustarlo mirando a los ojos con quienes lo compartes o contigo mism@.

El vino entra en nosotros por la vista, el olfato (que por cierto es el órgano más sensible y el que nos lleva más rápido y más profundo en este recorrido “espacio-tiempo”) y el gusto, que inciden en nuestro “centro neurálgico de operaciones”, el cerebro, el encargado de procesar toda la información que transmiten los nervios sensoriales que, a través de las prolongaciones nerviosas, llegan al sistema límbico de nuestro cerebro, que es nuestro cerebro emocional. El neocórtex, donde reside nuestra razón, trata de separarlas, pero nunca llega a conseguirlo totalmente. Por eso, la información que recibimos de nuestros sentidos nunca es del todo objetiva y está influida por recuerdos, estados de ánimo o experiencias, como pueden ser la ‘historia del vino’ de ese día o el diseño de la botella o la etiqueta.

Todas estas sensaciones, unidas a nuestras emociones, hacen del vino una bebida diferente, con la que cada uno de nosotros vive una experiencia única.


«El vino siembra poesía en los corazones.» Dante Alighieri.


¿Entonces no es verdad que un buen vino es costoso?

Si y no.

Ahora nos quedamos con el “no”, la parte emocional del tema y lo otro lo podemos dejar para otro post.

En este caso un ‘buen vino’ no se refiere tanto a las botellas prestigiosas y caras, sino a las que consigan emocionarnos y producirnos placer en el momento preciso y para eso tiene mucho que ver el momento presente y también nuestro estado de ánimo. Y el vino puede interferir en eso.


2 ejemplos:

El primero me lo contó hace un tiempo de una sommelier.

-Una chica, sommelier también, estaba en una cata y uno de los vinos a probar recordaba mucho a las celebraciones navideñas por sus notas especiadas, la canela, frutos maduros y madera. Al dar su opinión, en contra al resto, dijo que no le parecía nada agradable. Así que el “maestro” le preguntó si había tenido en su vida alguna mala experiencia en alguna de sus Navidades. En lo que la chica un poco sorprendida dijo que hacía 2 años se le había muerto su abuela un 24 de diciembre.

(Se ntiende ¿no?)


El olfato es el sentido que tiene mejor memoria, por lo que trae a flote las emociones asociadas a los recuerdos que percibe.


El otro ejemplo es mío.                                                                                                                   -Una cena en casa con una de mis mejores amigas. Yo llegué con prisas a casa porque había tenido mucho trabajo y salía tarde y estaba cansada, agobiada y un poco baja de moral, pero todavia tenia que pasear con Kohana (mi perrita) y prepar la cena y no quería que eso me inundara porque iba a pasar un buen rato con mi amiga.

En casa siempre tengo unos vinos “de fondo de armario” diferentes para según quien venga puedan gustar y que yo disfruto también. En resumen ese día abrí 4 botellas diferentes antes de darme cuenta que el problema no lo tenían los vinos, no estaban mal. Así que ese día tiré mucho “buen vino” y mucho dinero por el desagüe… que podría haber evitado observándome y reconociendo como me sentía.


Con estos ejemplos quiero decir que no todo lo que nos recuerda y trae el vino tiene que ser divertido y bonito, pero para mí eso también lo hace bueno y tan interesante. Me hace estar presente, observarme, me hace sentir, me hace recordar y conectar.



Si te ha gustado y te interesa el tema estate atento en mi perfil de instagram @juditrubioterapeuta y en @estudimevak porque subiré info sobre el taller de vino y emociones que daré a la vuelta de vacaciones.


¿Brindamos?

 
 
 

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